Iraquíes sienten el peso creciente de Irán en sus bolsillos

KARBALA, Irak — Los riales iraníes cambian de mano con la misma facilidad que los dinares iraquíes en el viejo bazar de la ciudad santa, con sus callejuelas atestadas de peregrinos que arriban en autobuses fletados por el gobierno de Teherán.

Los billetes con la efigie del ayatolá Jomeini y las conversaciones en farsí no son lo único que le dan al lugar un sabor persa. Las estanterías de los comerciantes abundan de miel, pasta dentífrica y cosméticos fabricados al otro lado de la disputada frontera. Los frascos de champú iraní marca Sehat se venden como pan caliente.

El comercio con su antiguo rival Irán le trae a Irak las inversiones que necesita con desesperación. Se firman pactos multimillonarios. Bancos iraníes que están en la lista negra de Estados Unidos abren sucursales. Pero los lazos crecientes enmarcan un desequilibrio político que Washington observa con preocupación en un país que lucha por reconstruir después de años de guerra.

A medida que se reduce la influencia de Estados Unidos en Irak y sus fuerzas se retiran, Irán capitaliza siglos de lazos religiosos y culturales, al tiempo que Washington trata de disuadir a otros de mantener relaciones con Irán debido a su programa nuclear.

Se trata de una pulseada política y económica que Estados Unidos podría perder aunque la reconstrucción de Irak requiere estos matrimonios de conveniencia. Irán, acorralado en otras partes del mundo por las sanciones, encuentra en Irak un mercado vecino y bien dispuesto.

"Irán quisiera tener una presencia más fuerte en Irak... principalmente porque tantos lugares le están vedados. En parte es por necesidad", dijo Anoush Ehteshami, profesor en la Universidad de Durham. "Irán no quiere perder su posición en Irak".

Bajo Saddam Hussein, Irak libró una guerra de ocho años con Irán a partir de 1980 que dejó cientos de miles de muertos y arruinó la economía de los dos países. Muchos chiítas, la mayoría iraquí perseguida por Saddam, buscaron refugio en Irán y regresaron tras el derrocamiento del dictador en 2003.

Algunos tienen puestos importantes en el gobierno. Otros han comprado casas e instalado negocios en lugares como Karbala, y aprovechan su conocimiento del farsí adquirido en el exilio para tener clientes iraníes. Así crecen los lazos comerciales, que se cuadruplicaron a 4.000 millones de dólares el año pasado, comparado con tres años antes.

Las reuniones de altos funcionarios de ambos países son frecuentes y han redundado en una serie de acuerdos, tales como provisión de energía para Irak y la promesa de crear zonas de libre comercio en las fronteras. Irán ha ofrecido un préstamo de 1.000 millones de dólares para adquirir bienes iraníes.

En Basora, la segunda ciudad iraquí y centro de poderosos grupos chiítas, más de 60 compañías iraníes asistieron este año a una feria comercial de cinco días, el evento más grande en su tipo desde la invasión estadounidense. Se exhibieron camiones frigoríficos y motocicletas junto con productos lácteos, enlatados, ropa y cemento.

La ciudad portuaria, de donde parten la mayoría de las exportaciones petroleras iraquíes, aprobó un plan de 1.000 millones de dólares para que una compañía iraní construya miles de viviendas, hoteles y un centro comercial, dijo Haider Ali Fadhil, director de la Comisión de Inversiones de Basora.

El estrechamiento de los lazos no sólo preocupa a Estados Unidos: también lo temen la minoría suní de Irak y vecinos como Arabia Saudí.

Si bien muchos iraquíes se benefician con las relaciones, también se quejan de que Irán los inunda con mercadería barata de mala calidad que dificulta la competencia.

No es la única queja.

En el vestíbulo del hotel Noor al-Zahra de Karbala, frente del santuario del imán Hussein con su cúpula dorada, hay dos relojes de pared: uno muestra la hora local, el otro la de Teherán.

Pero el dueño, Samoel Muhsin Abid-Ali, dice que trata de evitar a los iraníes, que "están llenos de problemas".

El problema, dice, es que la compañía estatal iraní Organización para el Hajj y la Peregrinación, tiene el monopolio del turismo religioso que envía a 5.000 chiítas iraníes por día.

Los representantes del organismo estatal imponen condiciones severas, exigen fuertes descuentos y tratan solamente con un puñado de agencias de viajes bien relacionadas, dicen Abid-Ali y otros empresarios.

Los comerciantes de Karbala temen también que haya espías infiltrados entre los peregrinos. Y les causa rencor que les hablen en farsí en lugar de árabe, como si fueran extranjeros en su propia tierra.

Con todo, nadie extraña la época antes de la guerra, cuando había menos variedad de productos en las tiendas y menos peregrinos en los hoteles.

"Los turistas, principalmente los iraníes, hacen una gran contribución a nuestra economía", dijo Saleh. "Bajo Saddam, era muy duro para los peregrinos. Ahora Irak está abierto a todos".